Con la dirección de Daniel Barenboim, la Staatskapelle Berlin hizo brillar su Sinfónica N° 8 en Do menor.
La Sinfonía Nº 8 de Anton Bruckner, tal vez más que cualquier otra del compositor, es un mecanismo concebido para acumular tensiones y postergar el mayor tiempo posible las resoluciones. Se trata de un formidable artefacto sonoro, sostenido por una apretada trama de consumaciones diferidas, que reclama contención y, a la vez, exuberancia. Al revés de lo que indica la transitada mitología devota que rodea al compositor, Bruckner poseía una racionalidad pasmosa y calculaba todo al milímetro.
Para su segundo concierto en Buenos Aires, Daniel Barenboim eligió únicamente esta sinfonía (que se tocó sin intervalo en la versión editada por Robert Haas) y no podría decirse que la decisión se haya debido únicamente a la duración de la obra (alrededor de una hora y veinte minutos): hubo aquí una concentración tal que habría tornado innecesaria, y aun intolerable, la compañía de cualquier otra pieza.
La lectura de Barenboim al frente de la Staatskapelle Berlin fue, no hay otro modo de decirlo, admirable de principio a fin, y desnudó toda la complejidad intelectual que esconde la Sinfonía Nº 8 . El arco se tensó ya desde el Allegro moderato -volcado aquí menos al envaramiento de la majestuosidad que a una sublimidad casi abstracta- en cuyo amplio segundo tema el director acentuó de manera espléndida la elegante decadencia vienesa de la melodía. En el Trío del Scherzo , la delicadeza del diálogo entre las dos arpas y las cuerdas, de inequívoco origen wagneriano, no pudo ser más expresivo. Para el Adagio , que retoma fugazmente la conversación entre arpa y cuerda, Bruckner indicó "solemne y lento, pero sin que se arrastre". Barenboim logró aquí un auténtico prodigio de levitación: aéreo, en una flotación controlada a varios centímetros del suelo, este movimiento mostró sus proféticos enrarecimientos armónicos gracias a una minuciosa dosificación de las dinámicas. Los matices de Barenboim y de la orquesta parecieron virtualmente infinitos, lo que a su vez deparó una nítida separación de los planos. La coda del Finale constituye un auténtico punto de fuga; ese contrapunto es la memoria de la obra, el lugar en el que se condensa el recuerdo de lo escuchado. Fue fundamental en este caso la idea de la flexibilidad del tempo que tanto le gusta a Barenboim. En sus manos, la forma adquiere una materialidad casi plástica que el director moldea a discreción. El equilibrio entre velocidad y dinámica resultó decisivo en el tratamiento escalonado de los crescendi , en los que se eludió cualquier arrebatamiento y se alcanzó una transparencia asombrosa.
Perderse y encontrarse
La Octava es un continuo con resonancias seculares que sólo puede comprenderse cabalmente desde la perspectiva de la totalidad. Como en el cuento de Henry James, Barenboim reveló la figura en el tapiz; magnificó cada detalle sin perder nunca de vista el diseño general. En ese sentido, fue fiel a lo que hace unos días explicó en una conferencia de presa. Habló allí de la tonalidad en Bruckner como un sonido "de casa" del que el compositor se escapaba para perderse en un bosque y encontrar, por fin, el camino de regreso a esa seguridad doméstica. Barenboim exploró cada sendero de ese bosque sin olvidar jamás el camino de vuelta.
Sin desajustes, la Staatskapelle es acaso una de la mejores orquestas del mundo para este repertorio. Rotunda en todas sus filas, brilló especialmente en los metales; por eso, no fue casual que el director dedicara los primeros aplausos a los cuatro cornistas. Seguramente, pasarán muchos años antes de que vuelva a escucharse en Buenos Aires una versión semejante de esta obra. Barenboim ofreció una lectura única: consiguió que se escuchara el pasado entero de la música alemana y todo lo que ese pasado tenía por delante.