Del adolescente tímido al experto en palabras justas
Cuenta que la timidez le robó la juventud. Un amigo lo invitó a hacer radio y después de los 40 empezó a escribir.
A fines de febrero, Hollywood consagró “El discurso del rey” como la Mejor película de 2010 y el mundo habló sobre la tartamudez. De ahí que pensar que un hombre deba su éxito a cierto trastabillar en el decir pueda sonar a guión taquillero. No le perdono a la timidez que me robó mi juventud, dirá él, con ese decir que ya es marca registrada. Para entender el recorrido entre esa timidez agobiante de José Narosky y la trascendencia indiscutible de sus aforismos –vendió 1.600.000 libros sólo en la Argentina y tuvo traducciones en sánscrito y árabe, por nombrar extremos–, hay que detenerse en este punto de la trama: ya era escribano y apenas podía superar la incomodidad de hablar ante un grupo, por ejemplo, cuando debía constituir una sociedad anónima.
“Me costaba lo normal y un 20% más”, insiste. Es que, la sensibilidad pesa, pero te permite volar. El guiño viene a cuento de los caprichos del destino, que se manifestaron a través de un cliente, productor en Radio Splendid, que detectó potencial en su timbre de voz. “Pensé que la experiencia me podía ayudar”, razona. Empezó con micros grabados de historia, pasó por montones de emisoras y desde hace 33 años es columnista de La noche con amigos, el programa que conduce Lionel Godoy en la 2x4. ¿Será que todo soñador tiene asegurada una porción de felicidad?
Conversar con Narosky es pasar de un aforismo a otro. Y en una mezcla de humor y galantería le hace jurar a esta cronista que no se va a dedicar al mismo rubro. Para regresar a la historia, hay que decir que el entusiasmo pudo con sus miedos (tranqui Narosky, el giro no llega a axioma y no la puede acusar de mentirosa; como usted escribió, no hay culpas, hay circunstancias).
Decíamos que también se animó a la televisión, y en Sobremesa con Crespi conoció a Pablo Palant. “Fue el primero en notar que hablaba con aforismos. Me decía que siempre llevara conmigo lapicera y papel para escribir”, sigue.
La trama se pone intensa porque en la madrugada que Palant murió, Narosky pensó en cómo el dolor dibuja la fisonomía. “Fue mi primer aforismo, ese día escribí como 20”, recuerda. A los pocos meses eran miles y cayó con todo el material en una editorial. “Me respondieron en el día y pensé que les había gustado el material. Pero el gerente me dijo ‘y, la verdad que no, pero estás en radio y en TV y si seguís unos meses, salimos hechos”, cuenta.
Si todos los hombres..., su primer libro, tuvo 32 ediciones. Hizo nueve más con aforismos, y otros dos que incluyen otros textos. Cada puerta que abrimos abre otras puertas. Hoy sale en radio, diarios y revistas de todo el país, y unas 300 mil personas por día leen sus frases en los letreros luminosos de los colectivos.
Entre chistes y anécdotas, aparecen cada uno de esos pequeños enunciados que quedaron inmortalizados en paredes, cuadernos, tarjetas y muchos demases. Al amigo no lo busques perfecto, buscalo amigo. Sabe que la “alta literatura” lo miró siempre de costado, pero sería una torpeza pensar que tienen razón los que me aplauden y se equivocan los que me silban. “El tiempo dirá”, sostiene.
Y queda la sensación de que, un poco más atrás, todavía hay cosas por contar. Es cuando aparece su madre, Sofía. “Llegó de Ucrania a los 15 años, nunca terminó el colegio pero era gran lectora. Leyó de todo, oriental, Krishnamurti. Seguramente escribiría ‘hermano’ sin h, pero nos enseñó lo que era la hermandad. Me enseñó a entender que muchos miran sin ver, y algunos ven sin mirar”, ilustra. Y su padre León, lituano, quien le mostró la practicidad. “Como la vez que no quería ir a jugar con un vecino porque le ganaba bolitas y él no me las daba, y me dijo: bolitas vas a tener muchas, amigos no”, cuenta, y la historia cierra.