En este relato, el almacén de la esquina, es el hilo conductor que entrelaza los recuerdos y donde también está encadenada una parte de la historia con Mercedes Forn (Mi vecina de la infancia), que hace pocos días cumplió noventa años y me invitó, junto a mi familia, a la reunión que realizó para conmemorarlos.
Pero empecemos a relatar cómo se iniciaron los hechos vinculados a "el almacén de la esquina". Circulando por la calle Cuba, una señora me hizo señas, estaba con bastón, y al subir, me relató a grandes rasgos lo que le había sucedido y para qué tenía que llevarla al hospital Británico, ubicado en la avenida Caseros y Perdriel. Allí concurría tres veces por semana a sesiones de rehabilitación porque hace nueve meses fue atropellada por un colectivo y, como consecuencia del accidente, tuvo muchas fracturas y operaciones, por lo que ahora debía asistir al kinesiólogo.
Llegamos al nosocomio y luego de los deseos de una pronta recuperación, continué con mi trabajo, doblando a la izquierda por la calle Finocchietto, donde me hizo señas un señor, también con bastón, que salía del hospital Británico.
Luego de indicarme hacia dónde iba, el pasajero, de aproximadamente setenta y cuatro años, me dijo: "Que épocas distintas que hemos vivido nosotros, verdad, señor. Le respondí: "Es cierto pero también consideremos lo que tenemos actualmente, una mejor calidad de vida y la tecnología de la que disponemos. Me dijo: "Sí, es verdad, pero cuando éramos chicos, la vida era distinta, fíjese que yo conocí el dinero recién a los once años, porque mi padre me daba unas moneditas para ir al cine del barrio para ver tres películas durante toda la tarde".
Continuamos la charla y en un momento determinado mi pasajero me dijo: "Mi viejo trabajaba en el ferrocarril y el sueldo no le alcanzaba para mucho, y entonces, mi mamá me daba la lista de las cosas que había que comprar y la famosa libreta de tapas negras de hule para que el almacenero del barrio, nos fiara hasta fin de mes, Siempre recuerdo cuando mi mamá me decía: Andá hasta el almacén de Don Constante y comprá todo esto.
El nombre de Constante disparó en mi memoria una serie de recuerdos; entonces le pregunté en que barrio había vivido cuando era chico, porque yo también había conocido a Don Constante, el almacenero de la esquina de Once de septiembre y Guanacache; entonces, me respondió que él había vivido a una cuadra de allí, en el bajo Belgrano y yo había vivido en Arribeños y Nahuel Huapí, a escasos metros de su casa. También recordamos a la esposa del almacenero, doña Joaquina y a su hija Isabelita.
Finalmente llegamos a destino, se bajó y quedó en mandarme más datos de aquellos años a mi casilla de correos.
Seguí con mi trabajo recordando algunos lugares y hechos de aquel pasajero que también fuera vecino del barrio de mi niñez, al igual que la señora Mercedes Forn.
Bueno, ahora volvamos a ella. El trece del corriente, concurrimos a la reunión de cumpleaños, a la que asistieron personas de su familia conocidas por mí, y donde miramos una hermosa y emotiva proyección que incluía un racconto de su vida con fotografías desde su nacimiento hasta la actualidad.
Después de esto, los brindis correspondientes y la tradicional torta, Mercedes me tomó de la mano y me llevó hasta otra mesa, donde me presentó a una señora que ella decía que yo la conocía también de mi infancia. Se trataba de la señora Elba, la hija del almacenero, que estaba en la otra esquina de mi casa. Aquel era el almacén de Don Ubaldo, ubicado frente al local de venta de vinos en damajuanas de la familia Forn, en la esquina de Nahuel Huapí y Arribeños.
Recordé que ella tenía, al igual que su hermana Estrella, rizos rubios y allí comenzaron los recuerdos sobre la gente del barrio y las cosas del almacén. Cuando se vendían los caramelos sueltos que estaban en una caramelera de vidrio con tapas cromadas, y el pan de manteca lo cortaban al medio, y tanto el azúcar, como los fideos y las legumbres, se expendían sueltos, encontrándose en bolsas de arpillera y en cajones con frente de vidrio. También las galletítas en latas de hojalata con un vidrio circular que permitía ver el contenido. Mientras conversamos con la señora Elba, con Mercedes y con mi esposa, los recuerdos se agolpaban en mi mente al citar a varios vecinos y las casas bajas de aquellos años. Como dije al principio, ese fue el "almacén de la esquina", esos locales que poblaban los barrios de nuestra ciudad, los que originaron este relato.
Es conveniente puntualizar que en algunos lugares, además del almacén se encontraba a continuación el "despacho de bebidas", donde los vecinos de la zona tomaban su copita de grapa o el vaso de vino moscato, mientras jugaban a las cartas o al dominó.
Es lindo recordar, pero también uno toma conciencia de los años transcurridos.