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El sueño del museo propio: La meta de los coleccionistas ricos de la región

Es para hacer pública la colección particular. Además, consejos para comprar arte.

El sueño del museo propio: La meta de los coleccionistas ricos de la región
Para ser coleccionista no hay que ser rico, aunque yo lo soy” decía el viernes entre risas, en el auditorio de arteBA, el ex-presidente de Colombia, César Gaviria. Reconocido amante y coleccionista de de arte, Gaviria remató: “No hay nada que intimide más a la gente que la idea de que hay que ser rico o que hay que saber mucho para coleccionar. Esto no es así. Todo el mundo puede coleccionar.” Pero claro, la pregunta del millón es cómo y, sobre todo, llegado cierto punto – el de las obras que valen millones – con qué financiarlo.

Aunque hay distintos tipos de coleccionistas -de enchufes, chimeneas, balanzas, tazas, corbatas, frascos, perfumes, sacacorchos- los que se dedican a comprar y acumular arte son, según se definen ellos mismos, un caso aparte.

Un ghetto, aunque dividido en distintas categorías: están los pequeños, que compran sólo obras de precios bajos, locales, de vez en cuando, guiados por el gusto propio y un conocimiento muy general – de estos siempre hay muchos en las ferias de arte. Los medianos, que tienen una colección personal en su casa, que se asesoran de cuando en cuando con algún que otro especialista y se mantienen informados sobre arte. Y los peso-pesados o fuertes, aquellos que pasan mucho tiempo dedicados a su colección, que tienen un grupo de profesionales trabajando permanentemente para mejorarla, que viajan constantemente por el mundo para hacerla crecer y que se reúnen a discutir sobre coleccionismo con otros coleccionistas, en distintos países.

En el mejor de los casos, estos últimos construyen su propio museo, para hacer pública su colección; para compartirla.

¿Pero acaso la de coleccionista es una nueva carrera, un master, un doctorado del doctorado en el máximo refinamiento del buen gusto? Parece que sí. “Tener un museo con mi colección dentro es un poco como la corona de todo este desarrollo que es ser un coleccionista, es como un punto de arribo”, explica a Clarín el empresario Eduardo Costantini, uno de los coleccionistas más fuertes de nuestro país y dueño del Malba. “Disfruto muchísimo del Malba. Además, a través suyo surgen mil proyectos, entro a otra dimensión como coleccionista, que incluye cruces institucionales, diálogos … El año que viene, por ejemplo, la colección se va a exhibir en Houston, en su Museo de Bellas Artes (MFAH). Es la primera vez que va a salir y estoy un poco aterrado, pero sé que, institucionalmente, es muy fuerte, que se presente la colección Costantini en los Estados Unidos.” Aquí aparece algo que en Argentina no fue siempre así: este despliegue, paso por paso, que va realizando un coleccionista desde que compra su primera obra –un poco por instinto, un poco por casualidad– hasta que la pone en su propio museo o la presta en comodato. Y la cosa no se detiene allí: luego hay que pasar a situar el museo como uno de los mejores. Ya a esta altura, se acabó hace rato el placer instantáneo de comprar, o el capricho: “Hasta compré obra que no me gustaba pero que la pensaba como conjunto, para el Malba”, comenta Costantini. Se acabó el romanticismo de ayudar a los artistas como héroes y de disfrutar de las obras en casa – o, mejor dicho, en las diferentes casas .

Señores, llegó la hora en que Argentina y toda Latinoamérica tienen sus propias Peggy Guggenheim, sus Thyssen-Bornemisza (todos coleccionistas con museos propios) … Ahora y desde hace poco, la ambición de todo coleccionista serio –¿profesional?– es abrir su propio museo, institucionalizar su colección. Hasta allí, no paran. Es una cuestión de carrera; y ya sonó la campana de largada. Pensemos en Costantini; pensemos en el nuevo Museo Soumaya, en México, de Carlos Slim; o en el Instituto Cultural Inhotim, en Minas Gerais, Brasil, del empresario minero Bernardo Paz. O en Patricia Phelps de Cisneros, con la Colección Cisneros de Caracas, Venezuela.“Hay como un estereotipo del coleccionista encerrado en su sótano con la colección, pero los buenos coleccionistas no son así. El sistema de arte cambió, ahora los coleccionistas están mucho más conectados, más informados, viajan mucho. Crean red. E instituciones como la Tate, que incorporaron obras latinoamericanas, ayudaron a esto creando otro paradigma”, explica el británico Gabriel Pérez- Barreiro, director de la Fundación Cisneros de Nueva York (especializada en arte latinoamericano), presente en arteBA por estos días.

“Creo que lo que está comenzando a pasar en Latinoamérica es lo que pasó antes en otros países; y es que los coleccionistas grandes quieren moverse a escala pública y entonces el museo se acerca a la institución y al revés”. En estos días, debido a arteBA, este no es un tema menor. Si usted se diera una vuelta por allí, vería a coleccionistas de arte contemporáneo de todos los tipos, de distintos países. En especial, hay grupos de coleccionistas de Perú, México, Colombia, Brasil, Estados Unidos y Alemania, quienes viajaron en grupos organizados, invitados directamente por arteBA, que diseña para ellos un “programa VIP”.

“Es una estrategia que armamos”, explica el director de la feria, Facundo Gómez Minujín, “ que es necesaria, porque para un coleccionista europeo venir a una feria de arte a Argentina es como ir a una en Sudáfrica o en Nueva Zelanda. Tiene que viajar 10 o 12 horas para poder llegar.” Es el caso del matrimonio de Louis y Gail Adler, reconocidos coleccionistas de Houston que vienen a la feria por octava vez. O del grupo de veintitrés coleccionistas alemanes traídos por Halina Von Kempsky – una mediadora entre cada coleccionista de su país y arteBA, para quienes oficia de “puente”–. Entre ellos vino el conocido diseñador industrial Oliver Holy. La dupla local de la coleccionista alemana-argentina Dudú Von Thielmann y el franco-argentino Jean- Louis Lariviere ofició de lazo social y orientativo para este grupo venido desde Europa. Junto con Von Kempsky los llevaron a fiestas, galerías y compraron también, ellos mismos, arte.

Salta a la vista que quedó atrás, muy atrás la relación de amor con la obra. Ahora la relación es también de inversión, investigación, legitimación, institucionalización y hasta arquitectónica (los edificios de estos museos se van superando entre sí, compiten).

Pero al final, después de todo, y tal como dice Pérez-Barreiro, “no importa de quién es el museo, sino el espíritu público que tenga.” Porque eso es lo que todos, finalmente, podemos disfrutar.

Así sea.

Por Mercedes Pérez Bergliaffa, ESPECIAL PARA CLARIN

22/05/11

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