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Enamoradas del muro

De las admiradoras de Robledo Puch al club de fans de Charles Manson; de Berta Pochi André, hoy pareja del odontólogo Barreda, a las chicas seducidas por Fabián Tablado, el de las 113 puñaladas contra su novia Carolina Aló. El fenómeno de las mujeres que se enamoran de criminales presos excede los casos más famosos y se extiende a través de clasificados y páginas de Internet. Buscan a los reclusos, les escriben cartas y mails o responden a sus mensajes y avisos. Qué hay detrás de estas historias de amor, de locura y de muerte

Enamoradas del muro
De todos, ése. El que vive atrás del paredón, sorteando la reja, la requisa, las miradas de los guardias. Ese, justo ése. El asesino, el violador, el secuestrador convertido ahora en un preso más. No, no hay aquí Abelardos ni Eloísas, ni gente detenida por pensar distinto. No. Hay hombres arreglando sus cuentas con la ley y mujeres que -adrede o por azar- van hacia ellos. En el medio, un mar de cartas (o e-mails o chats) en donde viaja algo parecido a un corazón. Una flecha de fuego volando hacia el otro lado del muro. Casi siempre son ellos los que hacen el primer movimiento y ellas las que se sienten interpeladas por un Cupido extraño. Un Cupido tumbero. "Me llamo Claudio G., 38 años, y si pensás que podemos compartir momentos imborrables dejando atrás el pasado, pensando en el amor, dejame entrar en tu vida. Si como yo conocés la soledad y la falta de afecto, espero tu carta. Marcos Paz, Módulo 2, Pabellón 6", publica la sección Correo de lectores de la revista Semanario. Y ahí está todo: la promesa de "momentos imborrables", el pasado pisado, el amor en germinación. En el caso de los detenidos "célebres", sin embargo, el circuito se invierte y son ellas las que toman la iniciativa. Rodolfo Palacios es periodista y autor, además, de dos libros enrejados: El ángel negro , sobre Carlos Eduardo Robledo Puch, y Pasiones que matan . Ha pasado en la cárcel el tiempo suficiente como para saber que el amor es una planta de hábitos curiosos; a veces se da mejor en la oscuridad y otras, al resplandor de la celebridad mal entendida. "Para que te des una idea: en una de las etapas finales de su proceso, los jueces ven que Robledo Puch está escribiendo en pleno juicio. Pensaron que era su alegato pero no. Estaba contestando cartas de mujeres. Incluso hace poco le escribió una chica porque había visto fotos de él cuando era joven y le había parecido lindo. De hecho, Charles Manson tiene club de fans, al igual que muchos otros asesinos seriales", cuenta.

Poderosa Afrodita
Cualquiera que haya recorrido alguna vez calabozos de comisarías sabe que las paredes hablan. Que -en birome, en tiza, en fósforo quemado- gritan de desesperación. Y que allí, entre promesas a la virgen y puteadas a la policía, brotan juramentos a marianas y cinthias. Cosas anotadas en medio del apagón, y como se respira. Algo de eso, de esas verdades que alumbran lo oscuro, aparece también en los amores encarcelados.

El momento del desamparo suele ser también el de la confesión. Y de allí a la idea -frecuente en el discurso de las enamoradas del muro- de haber accedido a una parte secreta del otro. Su costado de luz. Como en los boleros, aquí también la gente "nace" cuando (por obra y gracia de la poderosa Afrodita) alguien logra verlo a través del expediente, la sangre, las puñaladas. "Mientras a mí no me afecte y no vuelva a hacer cosas raras, el pasado no importa. Yo le digo a Barreda que se deje de joder y que empiece a vivir la vida", le confesó Berta "Pochi" André (pareja de Ricardo Barreda) al periodista Gastón Rodríguez en la única entrevista que dio hasta ahora. Ya no da más. "La señora Berta está afuera, de viaje. No la van a ver más por un bueeen rato", respondió una voz de mujer mayor al llamado de LA NACION. Pero no fue la única. Especialmente cuando se trata de casos de esos que los diarios llaman "resonantes", las enamoradas del muro hacen mutis. No atienden, no escriben, no están. Tan secretas como una flor de invernadero. "El arquetipo de esta historia es la Bella y la Bestia: el salvaje redimido por el amor de una mujer a quien, en realidad, su negación y su omnipotencia la exponen a acercarse a un hombre del que resto del mundo escaparía", advierte Faur. Pero el mundo no son ellas. Ellas no escapan, no corren. Y, si lo hacen, es exactamente en sentido contrario, al encuentro de ese ser roto y oscuro. "Sos la luz que alumbra, en mi oscuridad", dice la zamba que José Chango Rodríguez le escribió a su mujer estando preso. Y seguramente también eso -una luz- es lo que quiso ser Celeste Hazan cuando, casi adolescente y ya con una infancia deshecha sobre sus espaldas (pasó por la ESMA, y su familia fue diezmada por la dictadura), comenzó a cartearse con detenidos. Terminó conociendo a Claudio Alvarez y enamorándose de él, por entonces preso por homicidio y violación. Tuvieron un bebé, se mudaron juntos. Pero todo terminó mal: en diciembre de 2005, Alvarez (en ausencia de Celeste y de su hijo) atacó una vez más. Violó y mató a una mujer, violó y creyó haber matado a su hija, de trece años. La Bella terminó con la vida aún más rota, la Bestia en la cárcel. Y vuelta a comenzar. "Con él me siento muy protegida. Es muy tierno y dulce", le confesó años después a Palacios Natalia Lizarraga, por entonces novia de Alvarez, a quien había conocido en un chat telefónico. "Le pregunté si sabía quién era él", cuenta Palacios. "Me dijo que había leído el caso, pero que como él le había dicho que era inocente, ella le creía". La vida según la enamorada del muro es eso: un acto de fe. Lo mejor está por venir. Lo otro no estuvo nunca.

Romeo encadenado
Edmond Locard fue el primero en hablar de las mujeres atraídas por los criminales y hasta bautizó su raro mal: enclitofilia, o inclinación por el encierro. Mejor dicho, por los seres que pueblan ese encierro, a los que ellas se sienten llamadas a "liberar".

"Las enclitofílicas no tienen un perfil psicológico definido, pero lo central en ellas es la fantasía", dice el psiquiatra forense Miguel Maldonado, perito de parte en el caso Barreda. "Son como surfistas del amor: buscan las olas más altas y peligrosas. Pero ese rasgo de querer "abuenar" al otro no es sólo propio de las enclitofílicas, sino más bien algo típicamente femenino", sostiene. Tal vez por eso, mucho después de Locard, comenzó a hablarse del Síndrome de Florence Nightingale, una definición bastante más amable de quienes entienden al amor casi en términos de autoinmolación. De volverse, ellas mismas, una antorcha que guíe al extraviado. Ellas serán la "dama de la lámpara" (que es justamente como le decían a Nightingale), abriendo las tinieblas para que pase su amor. Para Enrique Foyo, médico legista, "el gesto de redención es a veces muy manifiesto. Ven al otro como la 'víctima de un sistema' y se solidarizan con él. Pero no racionalizan nada, justamente porque el victimario no modifica su conducta y eso es lo que no se tolera". Sin embargo, desde luego que no todas las mujeres que terminan de la mano de un detenido son exponentes de tal o cual patología. A veces es otra cosa, y se llama soledad, fragilidad. Amor, incluso. Lidia - en pareja con un detenido- ni lo duda. Según ella, "no hay amor más incondicional que éste, porque no es una pavada verse una vez por semana, pasando frío, calor, lluvias, requisas, esperas. No todas están dispuestas a pasar por eso, aunque también están las cazachorros, que es como se les dice en la cárcel a la mujer que busca a algún pibe que siga robando porque sabe que siempre la va a tener como a una reina". Gustavo Hazan (ex productor ejecutivo del programa Cárceles, que llegó a medir 20 puntos de rating) da fe de eso. Sabe del furor desatado por la sección Clasificados del programa, en la que los presos se presentaban buscando pareja. "Aparecían tres o cuatro por programa y la respuesta era increíble. Al otro día llegaban cincuenta mails por tipo. A las minas que iban a buscar a estos muchachos lo que ellos habían hecho antes no les importaba nada. Hasta tuve problemas con el director de la cárcel, porque después del programa comenzaban a caer chicas al penal buscando a tal o cual pibe", comenta. ¿Y aquello de las cartas, entonces? Persiste, pero casi como un gesto romántico. "Ahora se usa poquísimo", cuenta Ana, quien pide reserva de su identidad. "Tardan mucho y a veces no conseguís estampillas. Las personas se conocen o por medio de un pariente o de un amigo, pero sobre todo por el chat telefónico. Adentro hay teléfono de línea que anda con tarjetas. ¡No sabés la plata que se hace telefónica con los penales! Son un promedio de $200 por persona por semana", explica.

La duda
Como en un invernadero, en el marco de estos amores sin ventanas cada palabra suele volverse hipérbole. Y crea un mundo: la vida futura, felicidades sin hilachas, el nombre de los hijos. El porvenir. Dice la carta: "Cenicienta de mi vida, osita de peluche, corazón con patas: vistes (sic) que pese a todos los obstáculos, a la distancia y a las circunstancias el amor de nosotros pudo más, porque este amor de nosotros es el más grande, el más dulce, el más sufrido y el más maravilloso de todo el mundo. ¡¡¡Qué digo mundo, de todo el Universo!!!". Abajo, el dibujo de un oso de peluche y una firma: Faby. A la hora señalada, el tal Faby fue igual de exagerado y desbarrancó para el lado del récord: 113. Esas fueron las puñaladas (con tres cuchillos, primero; con un formón, después) que Fabián Tablado (el Faby de la carta del osito) le asestó a Carolina Aló, la chica que sonríe para siempre desde su foto en trenzas. Tablado fue condenado a 24 años de prisión. En el medio, se hizo universitario. Y evangélico. Estuvo de novio algunas veces. Una de ellas, con una mujer madre de cuatro hijos y "hermana de religión", llamada Gabriela Palavecino, hoy imposible de ubicar. No es casual. "Ella se escondió. Me contactó cuando empezó a temer por su vida", apunta Edgardo Aló, padre de Carolina. "Pero antes de desaparecer me dio las cartas que le escribía Tablado. ¡Y son calcos! Dibuja el mismo oso, los hijos, todo exactamente lo mismo. Carolina, la Palavecino, la nueva, son todas iguales. Ellas dejan de ser mujeres para ser posesiones de él. Y si dicen que no?". En la cárcel, Tablado finalmente conoció a Roxana Vallejos. Se casaron y hoy tienen dos hijitas. Una de las pocas fotos públicas de Roxana la muestra de espaldas y entrando a la casa de sus suegros en Tigre. La misma casa en donde su marido, en mayo de hace quince años, persiguió y apuñaló a Carolina. ¿Qué le lleva a estas mujeres a pensar que esta vez todo será distinto? Tal vez no sólo un cuadro psíquico determinado, sino también cierto discurso social sobre el amor y sus infinitos poderes. La certeza de que "es más fuerte" le asigna a cada uno de estos episodios un lustre de cuento. "Pero es sólo eso: una ilusión porque puertas afuera ese hombre sentirá que no quiere más deudas, aunque la mujer sienta que él le debe la vida", advierte Faur. "Ese fue el caso de una mujer enamorada de un preso que había sido secuestrador y homicida", acota Maldonado. "Logró sacarlo de prisión y se lo llevó a vivir a la casa. Al final, se separaron. Este es un caso claro de parafilia: ella estaba enamoradísima, pero después de que él salió, todo se fue a pique". Se acabaron, juntos, la epopeya, el espejismo y el deseo. Será que fuera del invernadero todo recupera su tamaño normal. Sus buenas maneras. Hay desayunos y cuentas a pagar. Romeo mira tele, Julieta pica cebolla. Y no hay amor que pueda contra eso.

© LA NACION

Por Fernanda Sandez

Fuente

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