Hizo los dos golazos en la victoria 2 a 0 de Inter sobre Bayern Munich; le dio al equipo de Milán el título europeo por el que esperó 45 años
MADRID.– En el Paseo de la Castellana, un grupo de simpatizantes de Inter beben cervezas y cantan. Todavía restan más de tres horas para el comienzo de la final de la Liga de Campeones con Bayern Munich, en el Santiago Bernabéu. Parece no importarles nada, tienen plena confianza en que el éxito será de ellos, y a modo de argumento despliegan una bandera con los colores negro y azul con una leyenda: con Diego Milito el cielo es posible. No se equivocaban en el presagio, el destino determinó que el delantero, también bautizado el Príncipe desde que llegó a Milán, fuera la estrella de la noche española. Dos goles, la posibilidad siempre latente de peligro cuando encaró a los defensores rivales, ser elegido por la UEFA como el jugador del partido, igualar a otros cuatro jugadores argentinos en anotar dos veces en un encuentro decisivo de la Liga de Campeones… Una tarea de ensueño para redondear un día perfecto, sin fisuras. Una labor excepcional para entrar definitivamente en la historia, para ser considerado un galáctico, aunque su imagen no se asocie demasiado al marketing que domina en la actualidad a los deportistas, para poner en aprietos a Maradona, el técnico de la Argentina, con miras a Sudáfrica 2010.
Un caso raro el de Milito. Siempre parece que tardará una eternidad en movilizar su espigado cuerpo. Los brazos caídos, junto a las caderas, dan la imagen de esas personas que parecen estar cansadas, a las que les costará desplazarse, a las que los defensores controlarán con facilidad en cada acción en la que haya que forcejear. Si hasta en cada pelota dividida se presume que será presa fácil del adversario. Pero no, siempre llega primero que todos, casi sin esfuerzo, acomodando el físico, adueñándose del balón. Deja desairado a quien se interpone en el camino: lo sufrió Martín Demichelis en el primer gol –también cuando Milito giró y se prestaba a enfilar hacia el arco de Butt y el zaguero lo derribó ganándose la tarjeta amarilla–; lo padeció también Van Buyten, que creyó tenerlo vigilado, pero fue burlado después del quiebre de cintura del artillero, que con toque sutil depositó el balón lejos del alcance del arquero y selló la victoria por 2-0. Así, con sus estiletazos, terminó con los 45 años de sequía de los italianos en la Liga de Campeones; le regaló al DT José Mourinho, en la que sería su despedida, su segundo título en el certamen más importante de clubes del Viejo Continente; le permitió al capitán Zanetti tener un festejo inolvidable en el partido en el que se calzó por vez 700 la camiseta de Inter.
Determinante en el área, no se limitó a esperar que la pelota le llegase mansa a los pies, no fue un observador del juego que desarrollaban los demás, no esperó solamente a dar la estocada final. Apenas abrió el marcador, volvió a buscar una pared con Sneijder; devolvió con clase, pero el holandés remató al cuerpo del guardavalla. Se recostó sobre los laterales, y desde allí también hizo daño, como cuando en el segundo tiempo, inclinado sobre la izquierda, descargó para Pandev, aunque Butt, con esfuerzo, desvió al córner. Cuando debió retroceder lo hizo con soltura. No le esquivó al roce, y fue víctima de Van Bommel, quien le aplicó un fuerte golpe, lo que le valió ser amonestado. Hizo de todo, y siempre con clase, con distinción, dejando un sello en cada intervención. Como aquellos que están predestinados a ser héroes.
Ya cuando los segundos finales del partido se consumían, Mourinho fue justo y lo reemplazó para que todos aplaudieran su actuación, para que se retirase envuelto en el clamor del público, que asistió a su faena más completa y más gloriosa. Entonces, primero fue Materazzi, su reemplazante, quien le hizo la reverencia; luego, todos los que estaban en el banco de los suplentes. Llamó la atención que el DT portugués no le prodigara un mimo, aunque dejó pasar unos segundos para acercarse y, cuando él le estiró la mano, Mourinho lo abrazó con fuerza. Estuvieron varios segundos así, juntos, como durante toda la última temporada, en la que Milito siempre cumplió, en especial en los encuentros decisivos. Como en la definición frente a Roma, en la final de la Copa Italia; como con el tanto frente a Siena, para celebrar el pentacampeonato de la Liga.
El Príncipe esperó de pie el pitazo final del árbitro inglés. Y luego corrió, como un chico, sin detenerse, sin rumbo. Lo frenó Maicon y se sumó el capitán; se arrodilló y se abrazó con Cambiasso, mientras los hinchas lloraban, cantaban, saltaban y coreaban su nombre. Entonces se dirigió a la tribuna Norte, cubierta por los italianos, que a su paso le tributaron remeras, bufandas... Llegó el instante de la premiación, y mientras Inter esperaba que el subcampeón recibiera las medallas, se divirtió con Samuel, a quien le hizo burlas y le jugó de manos.
El día soñado todavía tenía más y nuevas sensaciones para la figura, que recibió, con su hijo Leandro en brazos, la medalla de Michel Platini, el presidente de la UEFA. Del estrado de las autoridades la vuelta al campo y la danza con sus compañeros, también con Leandro, que entendía poco de lo que sucedía, pero que se dejaba llevar porque su papá estaba feliz. Cantan ambos, se divierten, disfrutan de la gloria, la misma que hace un año fue motivo de alegría de su hermano Gabriel, de Barcelona. "Estamos todos muy felices, realmente un sueño para los dos, para la familia. Es un orgullo poder ganar cada uno una Champions League. No es fácil que dos hermanos lo hagan, y menos en años consecutivos", se emociona.
Y llega el recuerdo, las palabras de agradecimiento, aunque en esta noche todos debieran darle las gracias a él. "No pienso en si entramos en la historia", dice, y de sus palabras sobresale el bajo perfil que siempre cultivó. Y agrega: "Todos tuvimos una temporada increíble, no hay antecedente en el fútbol italiano de que un club encadene tres títulos en la misma temporada. El presidente [Massimo Moratti] vino el año pasado a buscarme y tengo palabras de agradecimiento para él, y el mister [por Mourinho] le ha dado una verdadera identidad al equipo".
El jueves pasado, cuando Inter se instaló en el hotel Mirasierras, donde se aloja Real Madrid, de quien se dice que si contrata a Mourinho intentará reforzarse con Milito, el goleador se paseaba por el lobby tranquilo, como quien está de visita o a llegado a saludar a unos amigos y no a jugar la final de la Liga de Campeones. De la misma manera transitó por el Santiago Bernabéu, donde escribió, con letras de oro, un capítulo en la historia del fútbol.