Con los estadios para los IX Juegos Sudamericanos de Medellín, Felipe Mesa reafirma su idea de la profesión como agente del cambio social.
Felipe Mesa pertenece a esa joven generación de arquitectos colombianos que realmente cree en lo que está haciendo y, además, lo disfruta. Sabe que Medellín –su ciudad natal y sede de su estudio, Plan: b– está cambiando saludablemente su perfil y que, como resultado de políticas inteligentes que incluyen a la arquitectura y al diseño del espacio urbano, se están corrigiendo problemas sociales de larga data. También sabe que, en alguna medida, sus trabajos han sido cómplices de este proceso sin duda ejemplar.Sus ideas y sus proyectos arquitectónicos –incluidos los nuevos escenarios deportivos para los IX Juegos Sudamericanos, que realizó con Giancarlo Mazzanti, autor de la Biblioteca Parque España– fueron protagonistas de la conferencia que recientemente ofreció en la Universidad de Palermo. Y tambiérn sobre ellos se explayó en la enrtrevista con ARQ.
–¿Inscribirías tu obra en alguna tendencia arquitectónica?
–En principio quiero sacarle el cuerpo a las categorizaciones formales estrictas o a la palabra estilo; creo que ese concepto se ha vuelto caduco y ya no es operativo. Mi posición está ligada a la de un grupo de arquitectos que entiende que la arquitectura es reflexiva y pura acción de manera simultánea. Creo que la arquitectura es un problema unitario en la medida en que implica reflexiones muy concretas, operativas y materiales a la par que otras, conceptuales, teóricas y hasta sociales; no creo que estas cuestiones se puedan separar. Mi perfil es el de un arquitecto colombiano en proceso, que prefiere una arquitectura necesaria antes que una excesiva o suntuaria, y que se localiza en el contexto latinoamericano. Entiendo esto como un posicionamiento frente a la disciplina.
–¿Cómo ves el panorama arquitectónico de Colombia en relación al contexto internacional?
–Colombia es un país muy estigmatizado, muy separado y aislado de todo: de turismo, de relaciones, de políticas con los vecinos, y esto se ha dado por la situación de violencia ligada al narcotráfico. Pero también tiene todo lo otro, como cualquier país. Y una producción alta en muchos campos. En medicina se ha trabajado bastante y muy bien, y en arquitectura, al menos creo yo y con modestia, también.
Colombia tiene un buen desarrollo de arquitectura moderna hasta las décadas de 1950 y 1960, y también tiene una tradición importante de una arquitectura un poco más crítica de la modernidad que es la que ha liderado Rogelio Salmona, y que se encuentra principalmente en Bogotá. En estos momentos se desarrolla una arquitectura, sobre todo en Medellín y Bogotá, que tiene un frente más amplio, diríamos que mira al planeta Tierra y disfruta de las conexiones que hoy se pueden hacer, que no solamente se basan en Internet sino también en los vínculos con las economías generales, que disfruta del contacto con otros lugares, y de la plenitud de este país que funciona un poquito mejor que antes. Es que en los últimos diez años, y aun cuando las redes del narcotráfico persisten, Colombia ha logrado reubicarse como un país con condiciones similares a las de cualquier otro de Latinoamérica. Hoy podemos hablar de una mayor diversidad en las propuestas arquitectónicas colombianas: en Bogotá, por ejemplo, se desarrollan varias tendencias que se centran en lo que llamamos "el oficio", la práctica, el material.
–¿Y en Medellín?
–En Medellín –y si pienso en mi generación que está representada por seis o siete estudios, más o menos– se están desarrollando unas corrientes de pensamiento que dan tanta importancia a los materiales y a las tecnologías como a las situaciones concretas, a los fenómenos, a los intercambios que esa materialidad permite ... Yo creo que la arquitectura no es tanto un hecho constructivo o tectónico, también es un hecho relacional, incluso afectivo.
–¿Qué aspectos o variables merecen, a tu entender, asumir protagonismo o ser jerarquizados?
–Me gusta pensar el proyecto de arquitectura como una opción abierta, como un pacto o un acuerdo momentáneo, imperfecto, contradictorio. Cada proyecto es como un vórtice; tiene en cuenta distintas fuerzas –no creo en las exclusiones o el tabula rasa– y es accionado temporalmente por fenómenos transitorios. En esos términos, las condiciones particulares de un proyecto son las que perfilan y definen sus jerarquías y relaciones.
–¿Cómo se aplican esas condiciones en los estadios para los IX Juegos Sudamericanos?
–El proyecto de los estadios fue imaginado casi como una nueva configuración geográfica –o una nueva topografía– del Valle de Aburrá. De hecho, si lo miramos de lejos o desde lo alto, se presenta como una imagen geográfica abstracta y a la vez festiva. Uno de los protagonistas es la gran cubierta, que se resuelve a través de unas extensas franjas de relieve que son perpendiculares al sentido principal del posicionamiento de los edificios, y que permiten una relación espacial continua entre el espacio público exterior y los coliseos –los estadios–.
Es decir, los cuatro estadios funcionan de manera independiente, pero desde el punto de vista urbano y espacial se comportan como un gran continente edificado con espacios públicos abiertos –cuatro nuevas plazas triangulares que enriquecen el espacio urbano y además permiten el intercambio social y deportivo–, espacios públicos semi-cubiertos –esas pérgolas urbanas que son definidas por las prolongaciones de las franjas de la cubierta– e interiores deportivos. El resultado es que cada uno de los cuatro estadios puede entenderse como un edificio independiente, relacionado urbanamente con los demás y, de manera simultánea, los cuatro conforman un gran lugar que incluye tanto las edificaciones como el espacio público. Para evitar monumentalismos, se hunden levemente las zonas de competencia con respecto al nivel urbano.
–Hablaste de la "experiencia afectiva" como algo necesario a la arquitectura ¿Qué pasó en el proyecto de los estadios?
–Una manera de acercarse a lo afectivo es pensar qué comunidades van a usar el edificio y cómo lo van a usar; favorecer comportamientos en los se plantee el intercambio emocional. Es decir, la arquitectura trabaja con hechos cotidianos, con las relaciones afectivas de las comunidades humanas y biológicas, no con cuestiones abstractas.
En los escenarios deportivos
–un proyecto que entiendo muy cercano al Orquideorama de Medellín por su estrategia general– hay un patrón geométrico, técnico y relacional, que está dado por la franja de las cubiertas y que permite que la ciudad atraviese los edificios de un lado al otro y que favorece la creación de espacios públicos semi-cubiertos (en Medellín las temperaturas son altas y las lluvias pueden ser torrenciales). Todo esto genera un esquema relacional, espacial y tectónico que se puede construir rápido, que cubre tanto las actividades deportivas como los espacios exteriores, que te va conectando pero que permite ser atravesado, que te ofrece opciones y que es flexible en su crecimiento.
Un proyecto bien orgánico ...
–Yo prefiero llamarlo "abierto": un proyecto que promueve distintas actividades y distintos comportamientos sociales, que puede crecer y adoptar nuevas configuraciones, que puede absorber más áreas de la ciudad ... es decir, que no está concentrado en el control formal de una caja sino en sus posibilidades de transformación.
–En otro orden ¿Con qué tecnologías están trabajando?
–Cada caso reclama una tecnología particular; no nos interesa comprometernos con una sola y asociar nuestra arquitectura a una imagen material. Para la estructura de la cubierta de los estadios se usaron cerchas metálicas livianas unidas de nuevo por cerchas metálicas más pequeñas, modulares, repetitivas, y fácilmente industrializables.
–Uno de los grandes problemas de Buenos Aires hace a la función social de los espacios públicos, tema que ha sido encarado con éxito en Medellín.
¿Qué estrategias y acciones se implementaron?
–Creo que es importante señalar que el proceso de transformación de Medellín comenzó aun antes de la llegada al poder político de (Sergio) Fajardo (responsable del llamado "Plan Fajardo"). Fue el alcalde Luis Pérez quien introdujo el primer metrocable y logró conectar lugares hasta ese entonces aislados. Luego, sí, el gran impulsor fue Fajardo, un político independiente y carismático, que sabe acordar con inteligencia y que logró crear dinámicas urbanas complejas que incluyeron puntos de vista sociales, técnicos y arquitectónicos. Desde cuestiones básicas como la construcción de veredas para que la gente pueda caminar hasta plazas, paseos ... Es que el espacio público genera equidad y eso es importante en países donde las diferencias son tan fuertes. En Medellín –como antes en Barcelona– los políticos y la sociedad han tomado conciencia de que la arquitectura puede transformar la vida cotidiana muy positivamente.