Padre e hijo por la capital española, entre el circuito de los museos y la pasión por el fútbol. Un viaje memorable, con amigos actores y buena cerveza en Chueca.
Casi nunca tengo un solo motivo para un viaje. En este caso había, al menos, tres. Hace un año, se estrenaba en Madrid mi obra "Maté a un tipo" con un elenco español encabezado por dos ex "CQC" de la versión ibérica en un teatro frente a la Puerta del Sol; mi amigo Federico Poli hacía cuatro años que estaba trabajando en esa ciudad y nunca había podido aceptar su invitación a beber en los bares de la Castellana que él frecuentaba y, además, mi hijo cumplía 14 años el día del estreno de la pieza en la capital española y era una tentación regalarle un viaje a Europa con su padre.
Argentino y pesimista, pensaba que si no viajaba esta vez, los tres motivos se desvanecerían muy pronto: la obra bajaría de cartel en pocos meses porque los españoles no entenderían el humor negro nacional y no la vería más; Federico volvería a vivir en Buenos Aires y a mi hijo, con unos años más, ya no lo entusiasmaría la idea de viajar con su padre, sino solo, con una novia o con un amigo.
Los tres motivos estaban ayudados por unos pesos que había cobrado por un trabajo que realicé para la televisión. Decidido el viaje, mis fantasías eran muchas. Sobre todo viajando con mi hijo a una de las ciudades que más me gustan en el mundo: ver aquella obra de teatro en "gallego", ver la cara de los "gallegos" frente a nuestro humor del color más oscuro, abrazar a mi amigo Federico y pasar unos días con él y mostrarle a mi hijo las bellezas de esa ciudad, sus museos, sus sitios históricos, su paisaje, su gente tan alegre y generosa a pesar de la crisis que ya estaban viviendo. Lo cierto es que en mayo del año pasado, finalmente, llegué con mi hijo Pedro al aeropuerto de Barajas. Nada frustraría mis planes, me dije.
Error, claro. Para empezar, el estreno de la obra, previsto para esos días, se pospuso tres semanas, cuando yo ya había regresado a Buenos Aires; además, los bares de la Castellana prohibían la entrada a los menores de 18 años por la noche y mi hijo, sin ningún miramiento, insistió y me hizo cambiar mi plan de recorrido por los museos -como el Thyssen Bornemisza, el Reina Sofía o el Prado- por otro bien diferente: del fútbol, y dos domingos seguidos fuimos a ver ganar al Atlético del Kun Agüero al estadio Calderón.
Por supuesto, esto no impidió que nos priváramos de conocer al excelente elenco español que haría mi obra (Sergio Pazos, Aisha Wizuete, Tonino y Anaïs Yebra); de tomar cerveza artesanal hasta la madrugada en un bar de Chueca cuyo barman, el vasco Endika, llenaba nuestras copas con una generosidad madrileña; ni de gritar, con fervor, junto a Pedro, un gol del Kun y dos de Forlán. También nos sacamos una foto pisando el césped del estadio Santiago Bernabeu del Real Madrid.
El viaje continuó por Barcelona y París donde seguimos conociendo más estadios de fútbol que museos. Pero como casi todo viaje que cambia de planes sobre la marcha, resultó excelente: yo había vuelto a una de las mejores ciudades que he visitado -Madrid-, mi hijo era feliz y yo, qué duda cabe, también.
Daniel Dalmaroni. Autor y director de "New York" y "El secuestro de Isabelita", en Andamio 90 y el Teatro del Pueblo.