Jorge Semprún, la valentía y los miedos de un escritor comprometido
Una semblanza de quien fue ministro de Cultura de España, en la mirada de otro escritor español.
Un imponente escritor español, Camilo José Cela, arremetía contra Jorge Semprún, entonces ministro de Cultura del Gobierno socialista de Felipe González, afrancesando el acento de su apellido.
Sempgan en lugar de Semprún.
Era una manera de quitarle a Semprún la patria. Cela hizo eso porque juzgó que aquel “afrancesado” lo había maltratado desde su lugar de Gobierno no otorgándole a tiempo el premio Cervantes, el galardón máximo de las letras en lengua española.
Semprún no respondió nunca a estos insultos, que fueron reiterados por Cela y su entorno en conferencias, entrevistas de radio y televisión y en jocosas tenidas en torno al Nobel, entonces aún más popular gracias al galardón sueco.
Eran dos caracteres, dos tipos de comportamiento muy distintos; ambos eran españoles, claro está, pero a Semprún la vida, su historia, el drama sucesivo del siglo XX, le habían diluido sus fronteras, mientras que Cela siguió en su rincón, mirando con desconfianza a tipos como Semprún. El exilio obligado de sus padres llevó a Semprún a Francia, cuando estalló la Guerra Civil Española, y la subsiguiente guerra mundial lo condujo a la Resistencia organizada contra los nazis en Francia. Antes y después, adquirió una sólida cultura filosófica y poética, lo que le permitió, según sus memorias y sus biografías, no pocos encuentros gloriosos o dramáticos con amigos y enemigos en el curso de estos dramas que tanto tuvieron que ver con la maldad de la que es capaz el hombre sobre la tierra.
Semprún tardó dieciséis años, desde 1945, en abordar como escritor su vida en el campo de concentración de Büchenwald, donde padeció la cárcel y la tortura nazi, y donde olió físicamente las consecuencias del mal; y tardaría aún más en contar su experiencia como clandestino en España, organizando como comunista, con el nombre supuesto de Federico Sánchez, la oposición al régimen de Franco.
El hombre está hecho de preguntas y de memorias, decía Peter Handke. Semprún está hecho de esas memorias, en concreto; no son memorias impostadas, no ocurrieron en sueños, ni son las fabricaciones posteriores de una mente mitómana. Al contrario, Semprún era un hombre reservado, tanto que jamás se supo, mientras fue clandestino en Madrid, quien era en realidad; no lo supo, ni siquiera, el poeta Ángel González, en cuya casa se alojó durante largo tiempo, posando de joven estudioso de una tesis doctoral en Salamanca cuando en realidad estaba organizando el antifranquismo.
Era, pues, un hombre comprometido, y en concreto, en aquel momento, comprometido con la causa anticapitalista, inscrito en un partido, el comunista, obligado por su militancia a guardar disciplina.
Cuando la rompió pudo haber caído ante la tentación de cambiar de bando, de desandar el camino para unirse a los que renegando de su trayectoria, en este caso comunista, se pasan exactamente al otro lado.
Mario Vargas Llosa comentó el otro día, en el diario El País de España, que Semprún hizo su viaje sin cambiar de bando, siguió en el bando de los progresistas, y progresista fue siempre su trayectoria, hasta el final.
Un día contó lo que le sucedió una vez junto a la piscina de Simone Signoret e Yves Montand, en Francia. Sus amigos, aquellos actores, le provocaban para que nadara en la piscina. Se resistió, no quiso, y era tan rara su reticencia que al final les explicó que el agua le daba miedo. La bañera se llamaba la tortura más perversa que le practicaron los nazis, y la piscina le recordaba aquel recipiente maldito.
Su compromiso era para que eso no volviera. Y para que eso no volviera eran imprescindibles las armas de la revolución francesa, los valores de la solidaridad y de la resistencia.
Por eso este español preclaro, europeo apasionado, uno de los principales escritores y testigos del siglo XX, era un afrancesado.Con la mala educación que habitaba su arrogancia, Cela en realidad lo estaba elogiando cuando pretendía insultarlo diciéndole Sempgán a Semprún.